
Treinta años son ya unos cuantos años, pero recuerdo perfectamente ese 23 de febrero de 1981 en el que parte de los militares intentaron, de nuevo, dar un
Golpe de Estado en España.
Han pasado muchos años, tantos que hemos pasado del blanco y negro a la alta definición del mundo digital, pero espero que eso no vuelva a suceder nunca más, y para que no suceda no está de más recordarlo.
Por aquel entonces yo vivía con mis abuelos y mi abuelo me llevaba y traía todos los días al colegio. Ese día, cuando llegué a casa a esto de las seis y pico de la tarde, entré a la cocina a saludar a mi abuela Pilar.
No recuerdo qué hacía ella, tal vez estuviera rallando pan, o separando lentejas, o planchando, pero tenía, como siempre, Radio Zaragoza sonando en el transistor. En ese momento estaban emitiendo algo tan interesante como la sesión de investidura de Calvo Sotelo cuando se empezaron a oir gritos y disparos en el Congreso.
Mis abuelos se asustaron mucho y recuerdo que, a mis diez años, aunque no sabía lo que estaba pasando sí que me asusté también al percibir el nerviosismo y pena de mis abuelos. Ellos habían pasado la Guerra Civil y la posguerra y mi abuelo la había perdido, sufriendo campos de concentración y cárcel muchos años.
Recuerdo que estuvimos toda aquella tarde/noche pendientes de la SER que era la que más informó ya que, mediante una estratagema, pudo seguir emitiendo un rato más desde dentro del Congreso y pendientes de si decían algo en la tele.

Hubo momentos muy malos como ver los tanques por las calles de Valencia y buenos como cuando, por fin, salió el Rey en televisión.
Al final todo quedó en nada y los españoles pudimos seguir adelante. Hoy en día que tantas pestes echamos de los políticos (con razón) y del sistema actual no está mal recordar que tenemos mucha suerte de vivir en una democracia. Ya sólo nos faltaría que nuestros políticos estuvieran a la altura de los de la transición.